A nueve meses de haber iniciado su segundo mandato, Donald Trump parece decidido a dejar su huella en la política exterior estadounidense con una versión propia del viejo lema republicano de Ronald Reagan, “paz mediante la fuerza”. El presidente ha transformado aquella doctrina disuasiva en una estrategia marcada por amenazas directas, demostraciones militares y una comunicación tan inmediata como volátil.
El mandatario, que en su primera toma de posesión prometió medir su éxito por las guerras que evitara, hoy impulsa una diplomacia de alto riesgo. En los últimos días, su política global mostró una combinación de poder militar y decisiones abruptas que han vuelto a poner a Estados Unidos en el centro de atención mundial.
Durante su reciente viaje a Asia, Trump dio un giro brusco a las relaciones comerciales y militares. Desde Malasia, durante la cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, anunció la cancelación de las negociaciones comerciales con Canadá y un nuevo arancel del 10% sobre las importaciones del país vecino, mientras su gobierno ordenaba ataques navales en el Pacífico contra embarcaciones sospechosas de tráfico de drogas.
El punto más crítico llegó cuando, minutos antes de reunirse con el presidente chino Xi Jinping, el mandatario insinuó en redes sociales que Estados Unidos podría reanudar pruebas nucleares, prohibidas desde hace décadas. De regreso a Washington, mantuvo el suspenso sin aclarar si se trataba de una prueba de detonación o del lanzamiento de misiles convencionales. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, respaldó el mensaje al reiterar que la prioridad del gobierno es garantizar “el arsenal nuclear más fuerte y capaz” como pilar de esa paz a través de la fuerza.
La tensión creció cuando Trump advirtió que considera una acción militar en Nigeria, acusando a su gobierno de permitir la persecución de comunidades cristianas. La amenaza incluyó la suspensión de toda ayuda estadounidense y la posibilidad de una intervención directa “armas en mano”. Desde Abuya, el presidente Bola Ahmed Tinubu rechazó las acusaciones y defendió la estabilidad de su país.
Trump también ha mantenido una postura oscilante frente a Ucrania, alternando entre sugerir concesiones territoriales y respaldar su recuperación total frente a Rusia, para después proponer un cese del fuego inmediato. Esta ambigüedad ha desconcertado incluso a sus aliados, que ven en esos giros constantes una estrategia para mantener a adversarios y socios en alerta.
En junio, su gobierno bombardeó tres instalaciones nucleares iraníes, acción que calificó como un golpe decisivo contra el programa atómico de Teherán. Aunque aseguró que el proyecto quedó destruido, el organismo nuclear de la ONU reportó nueva actividad en esos mismos sitios semanas después.
Trump ha extendido su ofensiva militar hacia el Caribe, donde operaciones contra redes de narcotráfico venezolanas han debilitado al entorno del presidente Nicolás Maduro, sin generar hasta ahora costos políticos visibles en Estados Unidos.
Su versión de la “paz mediante la fuerza” combina la presión económica, la amenaza militar y una diplomacia de improvisación. Mientras sus seguidores destacan su audacia, analistas internacionales advierten que esta estrategia podría transformar la influencia global estadounidense en un terreno de incertidumbre sostenida, donde la fuerza se convierte en la primera herramienta, y la paz, en un resultado todavía en construcción.